Eleva su proa irreverente ante la furia del mar. Su estructura de madera, excelentemente pulida, surca cada noche las olas que separan la Isla chica de la Isla grande.
En él viajaron Fidel y los expedicionarios del Granma, pero también innumerables historias de amor, de familias, sueños e infortunios.
Pocos saben a ciencia cierta cuando fue sacado de su medio natural, cuando devino museo para ser admirado por los ojos de las nuevas generaciones. Miles de pineros visitamos sus salas para recordar a los asaltantes y otras personalidades cubanas que hicieron historia entre las aguas de una y otra Isla.
Los años pasaron, pero como dice el adagio “el tiempo lo destruye todo”, y el Pinero no quedó fuera de este aforismo.
Sus maderas estructurales fueron invadidas progresivamente por las termitas que echaron abajo tabla por tabla, sin el temor a que alguien las detuviera.
La voraz naturaleza de estos insectos y la falta de “algún” presupuesto para la conservación o restauración del Pinero, aceleraron su fenecimiento.
Tras dos décadas de resistencia en tales condiciones, el Pinero terminó por desplomarse con uno de los últimos ciclones que sacudió a la Isla de la Juventud. El fondo del mar se convirtió en la última morada de unas pocas tablas de lo que antes fuera Patrimonio Nacional.
Hoy Nueva Gerona despierta cada mañana y no encuentre más al viejo barco en su soledad de siempre. En su lugar, las vigas de acero que lo sostenían y algunos listones de madera hechos añicos. En el museo, una pequeña copia de treinta centímetros es la única referencia para los nuevos jóvenes.
El Pinero no puede quedar eternamente anclado en el olvido, es una página heroica de la historia de Cuba y ¡hay que reponerla!