¿Quién no ha estado en una barbería? ¿Quién no ha participado en esos forum donde se reúnen varios hombres a debatir sobre deporte, política, economía, en fin, sobre disímiles temas.
Recuerdo la barbería de Gerona, ubicada frente a la librería de la calle 39, antes de que los cuentapropistas pulularan por los vecindarios y barriadas cubanas. Era el lugar de reuniones de ancianos, jóvenes, y adonde me llevaba mi papá cuando mis rulos crecían demasiado.
De ese entonces recuerdo a Omar, barbero especial para mis coterráneos. Su diálogo ameno y la variedad de sus temas engañaban a Cronos, y lo que hubiesen sido interminables horas de espera, parecieron minutos lujosamente entretenidos.
Fue en ese espacio donde, con Omar de moderador, oí hablar de libros, discutir sobre la Perestroika, e incluso de la caída del campo socialista, que ya se avecinaba.
Omar era conocido por su destreza con las tijeras, y por no usar las temidas máquinas de pelar Made in RDA, que halaban cabellos al pasar por un cráneo inocente. Pero, más que barbero, era admirado por ser maestro de varias generaciones de estilistas, peluqueras y fígaros pineros.
Hoy no pocos le agradecen haber sido sus discípulos, otros ni siquiera lo conocen. El dólar y la desigual competencia que le hace a nuestra moneda, obligaron a maestros, ingenieros, constructores, plomeros, periodistas y barberos desertar de sus trabajos públicos para marchar hacia las nuevas tropas de los cuentapropistas. Omar también marchó.