Ahí está clausurado. La esperanza de ser reabierto, algún día, zozobra a medida que Cronos corre por la infinita pista del universo. Su cartel fenece y sus entradas principales fueron tapiadas, hace años dejó de existir el cine Victoria.
Una película italiana, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, narraba la historia de un niño que trabajaba en el cine de su pueblo. Un tiempo después el párvulo regresaba como director de cine, y lloró frente a los restos de lo que había sido su primer oficio.
Los sentimientos de aquel hombre los experimentos cada vez que paso frente al cine Victoria, sala pequeña que quedaba en la calle principal de Gerona, la capital municipal.
Frente aquel cine-teatro disfruté con mi papá de las semanas de cine japonés, italiano y cubano, de los humoristas nacionales que le daban un espacio a la Isla de la Juventud en su “apretada gira”, y de las actuaciones de la carreta de los Pantoja.
Confieso que más de una vez maldije aquellas interminables colas de cinéfilos, «ojalá desaparecieran para siempre», pensé en más de una ocasión. Hoy me arrepiento y las extraño. Las anhelo porque eran la traducción de que había vida en mi ínsula. Las añoro porque eran la prueba de que no yacía el cine Victoria.
Lamentablemente el período especial y la dejadez de algún o algunos burócratas ayudaron a que desapareciera ese espacio cultural, de recreación sana. Quizás nunca más pueda ser recuperado el cine Victoria, pero quiera el destino que no sigamos los pineros perdiendo espacios.