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Un siglo japonés

Va entrando el ferry al puerto pinero. Su claxon a medida que se desliza por las aguas del río las Casas, anuncia a los escasos habitantes de la ínsula que trae a nuevos pasajeros.

En él viene Masaru Miyagi o Miyagusuku. Sus ojos rasgados, lo distinguen de los demás pasajeros.

En este año se cumple el siglo de la presencia japonesa en la Isla de la Juventud. Según registros llevados por la investigadora Nacy Oropesa, fue Masaru Miyagui el primer ciudadano de Japón en tocar suelo pinero.

A finales del XIX y hasta mediados del XX, parten hacia América de los puertos de Yokohama y de Kobe, numerosos hijos de la tierra del Sol Naciente.

Dejaban en casa… hijos, esposas y madres, a cambio de regresar en un par de inviernos con los bolsillos llenos. Pocos cumplieron la promesa, y lo hicieron al cabo de varias décadas.

Okinawa fue la región de Japón de donde más ciudadanos inmigraron hacia la Isla de la Juventud, antiguamente de Pinos.

Para ningún pinero es curioso encontrar entre sus coterráneos personas de facciones asiáticas con apellidos Iha- Sashida, Hanzawa-Uema; Tsuhako- Ooshiro; Minato-Tokunaga; Horiuchi; Niigata; Shimazu Miichirou; Harada Nakashima y muchos más.

Aquellos pioneros japoneses en la Isla de la Juventud, se asentaron, la mayoría, en los poblados de Júcaro y Ciro Redondo. Y aunque ninguno erigió una casa como las de su país de origen, la vida en el hogar era profundamente japonesa.

En nombre de la Paz

Transcurre el año 1941. En Europa se combate en todos los frentes contra los invasores nazis. El siete de diciembre los Estados Unidos reciben el golpe de Pearl Harbor, entran los americanos al conflicto.

Cuba en ese entonces, es un satélite de la nación norteña y al igual que su vecino le declara la guerra a los culpables del atentado, Japón.

Mientras tanto, transcurre apacible la vida en la colonia japonesa en suelo pinero. Familias procedentes de Hiroshima, Nagano, Fukuoka, Okinawa y de otras regiones japonesas, disponen la preparación del O-bon. Cada una, de manera discreta, iría al cementerio para rendir culto a sus ancestros y familiares fallecidos.

Fulgencio Batista ordena el inernamiento en el presidio modelo de todo aquel que se considere una amenaza para el país.

En 1943 entran los residentes japonenses en la Isla de la Juventud, en el quinto llamado de la penitenciaría. Entre los 74 hombres nipones internados se encontraban nueve nisei, que pagaban el precio de su ascendencia.

Hasta el fin de la guerra duró el injusto encarcelamiento de aquellas personas, cuyo único crimen era haber nacido en Japón.

Reconciliación

Cuba se reconcilió con la historia. Luego del triunfo revolucionario la comunidad japonesa pinera conforma cooperativas de producción agrícola. Conocimientos ancestrales sobre cultivo de la tierra trasmitidos por sus padres comienzan a ponerse en práctica en esta isla tropical.

Los melones de los Harada y los Hanzawas dejarían su sabor exquisito en el paladar de personas a lo largo y ancho de Cuba.

Se fundaría la Sociedad Japonesa, organización para rescatar la memoria de aquellos primeros emigrantes del lejano oriente que tocaron suelo pinero. El O furó, el O bon, los origamis, los bonsái y la comida tradicional japonesa vuelve comienza a fundirse entre el congrí, la Salsa, el Son, y las fiestas pineras.

Hoy, bajo las notas del shamizen y al ritmo del danzón bailan las tradiciones de una y otra nación.

Hijos de la primera generación. Nisei significa primera.

Tomado del archivo histórico de la Isla de la Juventud. http://www.gerona.inf.cu/sites/Archivo/pagina/foto02.htm 

El intrépido”, embarcación bautizada popularmente como “el zepelin”, por su parecido a este artefacto; fue construído por iniciativa del fotógrafo Hugo Dalerta. El proyecto fue financiado por un ciudadano español residente en la Isla. Esta nave era uitlizada como correo, además de trabajar en la reparación de focos y boyas…

       

 

Ahao posee  varios significados en castellano. Su empleo es tan común  en esta isla  como lo son sus mármoles.

Algunos entendidos señalan que el término significa “abajo”. Otros alegan que es una voz de origen taíno y que era empleada por los primeros habitantes de esta ínsula para nombrar el territorio.

Navegando por Internet encontramos que la enciclopedia on –line Wikipedia, tiene sus consideraciones acerca del mismo.

 

Según la enciclopedia on- line el término significa “pueblo”. Se considera que en la lengua kakán están sus raíces. Esta era empleada en las regiones  argentinas de   Salta ( su centro-sur), Tucumán (su extremo oeste), Catamarca, La Rioja, norte de San Juan, oeste de Santiago del Estero, extremo noroeste de Córdoba, así como de las actuales regiones chilenas de Atacama a la llegada de los españoles, en 1535/1536.

 

Refiere Wikipedia que es una lengua del grupo andino con rasgos que la  emparentan con el mapudungun, el cunza y el runa simi, aunque, se desconocen mayores detalles como para precisar su ubicación lingüística”.

 

“Como el kunza, el kakán casi con certeza era una lengua polisintética, de modo que a partir de diversos morfemas, según el contexto, se formaban lexema”, añade.

Con la desaparición del idioma se perdieron todos los conocimientos acerca de estos idiomas nativos, pero sus rasgos fonológicos en los “acentos” regionales permanecen aún, mientras que gran parte de la toponimia vernácula mantiene las palabras cacanas aunque desconociéndose casi siempre su significado.

Eleva su proa irreverente ante la furia del mar. Su estructura de madera, excelentemente pulida, surca cada noche las olas que separan la Isla chica de la Isla grande. 

En él viajaron Fidel y los expedicionarios del Granma, pero también innumerables historias de amor, de familias, sueños e infortunios.

Pocos saben a ciencia cierta cuando fue sacado de su medio natural, cuando devino museo para ser admirado  por los ojos de las nuevas generaciones. Miles de pineros visitamos sus salas para recordar a los asaltantes y otras personalidades cubanas que hicieron historia entre las aguas de una y otra Isla.

Los años pasaron, pero como dice el adagio “el tiempo lo destruye todo”, y el Pinero no quedó fuera de este aforismo.

Sus maderas estructurales fueron invadidas progresivamente por las termitas que echaron abajo tabla por tabla, sin el temor a que alguien las detuviera.

La voraz naturaleza de estos insectos y la falta de “algún” presupuesto para la conservación o restauración del Pinero, aceleraron su fenecimiento.

Tras dos décadas de resistencia en tales condiciones, el Pinero terminó por desplomarse con uno de los últimos ciclones que sacudió a la Isla de la Juventud. El fondo del mar se convirtió en la última morada de unas pocas tablas de lo que antes fuera Patrimonio Nacional.        

Hoy Nueva Gerona despierta cada mañana y no encuentre más al viejo barco en su soledad de siempre. En su lugar, las vigas de acero que lo sostenían y algunos listones de madera hechos añicos. En el museo, una pequeña copia de treinta centímetros es la única referencia para los nuevos jóvenes.

El Pinero no puede quedar eternamente anclado en el olvido, es una página heroica de la historia de Cuba y ¡hay que reponerla!

 

¿Quién no ha estado en una barbería? ¿Quién no ha participado en esos forum donde se reúnen varios hombres a debatir sobre deporte, política, economía, en fin, sobre disímiles temas.

Recuerdo la barbería de Gerona, ubicada frente a la librería de la calle 39, antes de que los cuentapropistas pulularan por los vecindarios y barriadas cubanas. Era el lugar de reuniones de ancianos, jóvenes, y adonde me llevaba mi papá cuando mis rulos crecían demasiado.

De ese entonces recuerdo a Omar,  barbero especial para  mis coterráneos. Su diálogo ameno y  la variedad de sus temas engañaban a Cronos, y lo que hubiesen sido interminables horas de espera,  parecieron minutos lujosamente entretenidos.

Fue en ese espacio donde, con Omar de moderador, oí hablar de libros, discutir sobre la Perestroika, e incluso de la caída del campo socialista, que ya se avecinaba. 

Omar era conocido por su destreza con las tijeras, y por no usar las temidas máquinas de pelar Made in RDA, que halaban cabellos al pasar por un cráneo inocente. Pero, más que barbero,  era admirado por ser maestro de varias generaciones de estilistas, peluqueras y fígaros pineros.

Hoy no pocos le agradecen haber sido sus discípulos, otros ni siquiera lo conocen. El dólar y la desigual competencia que le hace a nuestra moneda, obligaron a maestros, ingenieros, constructores, plomeros, periodistas y barberos desertar de sus trabajos públicos para marchar hacia las nuevas tropas de los cuentapropistas. Omar también marchó.    

 

 

 

Sonido olímpico

Jesús Sifredo Raso, miembro de la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (ANSOC) es uno de los más valiosos deportistas que posee la Isla de la Juventud, sus hazañas como atleta se inscriben con letras doradas en el deporte para discapacitados de nuestro país, pero padece cierto anonimato.  

Hace unos años, cuando lo entrevisté, le inquirí por los orígenes de su carrera deportiva. Jesús recordaba: “Comencé a los 11 años de edad. Fue en la escuela Venancio Rives donde el profesor Orlay del Río, entrenador de atletismo, me dio mi primera preparación. Al principio le decían que yo no poseía cualidades porque mis cualidades físicas distaban mucho de las de un velocista”.

La constancia de entrenador y atleta convirtieron al joven en una promesa del atletismo.

A los once años Sifredo participó en su primera competición. Escasos fueron los resultados. Sin embargo, lo que para muchos hubiese sido cerrar las páginas de una carrera deportiva para él fue tan solo el inicio.

Años más tarde la ciudad héroe, Santiago de Cuba, se convierte en la sede de las competiciones nacionales para atletas discapacitados. Un muchacho, hasta entonces desconocido, gana las pruebas de los 100 y 200 metros planos, y obtiene un segundo escaño en el relevo 4x 100: era Jesús Sifredo Raso.

Aunque muchos lo desconocen, este pinero fue uno de los integrantes de la delegación cubana a los Juegos Olímpicos para Sordos, con sede en Bulgaria. Aún recuerdo sus señas indicándome la emoción de haber sido parte de aquella delegación, con la cual Cuba obtuvo el cuarto escaño por países. Durante  años Sifredo Raso estuvo entre los cinco primeros corredores cubanos con discapacidad auditiva, fue  recordista nacional y con la camiseta tricolor obtuvo el primer lugar en el relevo 4×100 de los II  Juegos Panamericanos para Sordos.

Los lauros de este joven borraron el silencio de su mundo, y a pesar de ser un transeúnte más, es orgullo del deporte pinero.

   

 

 

Por Luis Sexto

 

A Rolando Téllez le faltaba visitar el faro de Carapachibey, en la Isla de la Juventud. Ya había estado en el Roncali, del Cabo de San Antonio, y en el de la Punta de Maisí. Los había prefijado como lugares, tierras sagradas, donde al llegar quemaría su culto a la geografía de la patria. Lo conocí cuando ya, como cubano devoto, había peregrinado a sus mecas.  En cada sitio su imaginación, viajera hipotética, se había avergonzado. Nunca pudo columbrar con acierto, desde la distancia del deseo, la verdadera faz de sus dioses. Carapachibey, para este trabajador del Telecentro provincial de Las Tunas, era el recóndito espacio de tres casuchas y un faro cilíndrico y pequeño como un habano. Ahora lo encuentro aquí; le pregunto cómo fue el tope entre lo imaginario y lo real.  “Como si entrara en un centro de experimentación: instalaciones futuristas, raras, entre las cuales el faro semeja un cohete dispuesto a ir a la Luna. El farito de Las Tunas le cabe en la barriga.”.  

 

Rolando Téllez, de 31 años, es una mención casual en este reportaje. Coincidimos porque ambos habíamos soñado el mismo proyecto, la misma forma de imbricarnos con nuestro país: conocerlo. En mi condición de periodista, al conocerlo yo, lo conocerán otros mediante mi palabra. Porque la palabra -acota Téllez, publicitario de oficio- hace ver, oír y, sobre todo, imaginar.  Pude, al igual que Téllez, imaginar a Carapachibey como cualquier torre que en las costas de Cuba orientan la navegación en el mar Caribe. Erré también. Es distinta. Singular. En lo cual no fallé durante mis horas de previsión fue en la atmósfera: una soledad perfectamente definida por el mar y su sonido al desfallecer ahora o revolcarse luego sobre los arrecifes del litoral, y por las voces de los pájaros y el silbido del aire al transitar entre los pinares. Verdor variopinto abajo. Y azul arriba. Y azul también abajo. En el ocaso, el sol se enrojece y se pone a mano como una lámpara benigna. Una estampa única, a cuya luz el hombre solo puede hablar consigo mismo.  Esta última visión se ve plenamente desde la altura. El faro, cilíndrico y delgado, asciende 60 metros. El mayor de América Latina, de acuerdo con el dato de Julio Suárez Acosta, uno de los tres torreros. Para alcanzar la cima, e introducirse en la cristalería del fanal alógeno que cada 7,5 segundos deletrea una señal posible de captar a 17 y media millas, hay que prepararse como alpinistas. La cuesta se empina 280 escalones.  A la redonda, lo que no agua, es tierra de la Isla de la Juventud. 

 

Estamos en el sur, cerca de Cocodrilo, el antiguo Jacksonville, donde aún radica un nieto de Jackson, el ciudadano de Gran Caimán que hace más de un siglo fundó el poblado. Hacia el norte y el este se explaya un tapiz donde prevalecen parte de los pinares y bosques que Colón vio atónito por primera vez en junio de 1494, cuando, al salir de Cortés, en el occidente de Cuba, ventoleras y marejadas del Golfo lo enrumbaron hacia la bahía de la Siguanea. Este es el punto donde al suroeste la Evangelista, nombre puesto por el Almirante, y luego la Isla de Pinos y hoy de la Juventud, se eleva en el mapa como una nariz de gancho al revés, o una cachimba con traza de saxofón.  La caleta de Carapachibey y sus alrededores fue zona de aborígenes. En los residuarios, clasificados como de la cultura de Siboney Guayabo Blanco, han aparecido herramientas y despojos alimenticios, algunos de los cuales se conservan en el museo del faro. Carapachibey suena a lengua indígena, aunque Julio Suárez, medio en broma, apunta que es término derivado de carapacho. Porque como aquí caguamas y careyes vienen a desovar anualmente, y ponen en huecos centenares de huevos, tal vez por ello el paraje haya recibido ese nombre.   

 

El ciclón de 1944 arrambló con el faro metálico existente en Carapachibey, punto más estratégico del sur pinero para enviar al mar los guiños de la costa. En 1949 se irguió uno de hormigón, cilíndrico, pintado de rayas blancas y rojas, con unos 27 metros de altura y con una potencia de 11,000 bujías. A 16 millas de distancia se apreciaban sus destellos, y los navegantes, mirando la carta, podían decir: pasamos Carapachibey. Esa franja marina ha sido habitualmente ruta de transporte. En la actualidad, unos ocho o nueve buques cada día se atienen a la posición del nuevo faro que en 1983 se estrenó en el servicio. También de hormigón, con el doble de altura que el anterior. Y con las viviendas más confortables, fabricadas en una unidad arquitectónica que, entre el bosque tupido y solitario, y el mar desierto, asoma como un toque de novedad extraterrestre.  Las edificaciones requieren aquí solidez. El mar y los vientos del sur pregonan enemistad, garra. A tres o cuatro metros de la costa, las aguas ya se hunden 10 ó 12 brazas; a veinte, 60 ó 70, y a 200 metros la profundidad baja 300 ó 400 brazas. Al voltear la vista, el mar puede convertirse en una mano gigantesca con los dedos de espuma.

 

Julio Suárez recuerda el ciclón Lily. El mar estaba en fuerza tres, y de súbito, se encaramó en fuerza doce. Las olas medían 12 metros de altura. Todavía las paredes, los techos, conservan las heridas de los palmetazos del mar. El agua entró en las viviendas. Destruyó colchones, televisores, refrigeradores. Y dejó, cerca, las ruinas de una casa de dos plantas donde operaba una cafetería del Poder Popular. El mar creció hasta el segundo piso.  Salvo esos momentos, la vida en Carapachibey navega lentamente en la placidez. Usted se pone a dormitar al mediodía y no oye el claxon de un carro, aunque el ómnibus de Cocodrilo a Nueva Gerona pasa por el faro; ni el grito de un vecino. Silencio. El propio Julio Suárez llegó aquí con 54 años, hace tres, padeciendo una hipertensión que paraba en 190 de mínima y 220 de máxima. Como para morirse. Ya oscila en la normalidad de esta existencia apacible, sedada, sin que por ello tanta paz aburra. Además de la responsabilidad de trabajar 24 horas seguidas, de una a una, que implica actividad y tensión, la naturaleza sorprende a los torreros y su familia con la visita inesperada de un venado, un puerco jíbaro, un caguayo, una caguama…  

 

Han visto caguamas presilladas en Jamaica, Haití, Puerto Rico. ¿Presilladas? Sí, como las palomas mensajeras: una presilla en una pata para saber cuánta distancia recorren, qué edad tienen… Cuba presilla (cerca de aquí hay un centro de quelonios), y presilla Japón, aunque no hemos visto ninguna presillada allí. Tendrían -digo- que cruzar el Canal de Panamá. Y lo cruzan -dice Julio Suárez. Me han contado que en el Canal las caguamas parecen piedras cuando descansan de su travesía.  Recorremos las instalaciones. Subimos la torre. Abajo, mientras observamos con los prismáticos hacia el mar y tratamos de identificar una embarcación en lontananza, comento: qué lugar para un escritor. A mi comentario, Julio Suárez asiente y añade: y para leer. ¿Usted lee? Sí, libros, memorias de campaña; fui militar. ¡Ah! ¿Y periódicos? No, aún no nos llegan. Pues pídanlos. ¿Cómo leerán el reportaje sobre el faro? Y cuenta Julio que antes los leía. Antes, cuando no estaba en sitio tan remoto, y antes de venir a la Isla de Pinos hace 37 años. Porque nació en Pedro Betancourt, en Matanzas, y estudió agronomía. Y aquí está. Como navegando en el mar sin ser marino y caminando por el campo sin cultivarlo, aunque es agrónomo. Claro, ya ve usted las vueltas que da la vida, musita Julio dirigiendo los anteojos hacia una mancha blanquecina, allá, lejos, en el cuchillo del horizonte…   

 

Ahí está clausurado. La esperanza de ser reabierto, algún día, zozobra a medida que Cronos corre por la infinita pista del universo. Su cartel fenece y sus entradas principales fueron tapiadas, hace años dejó de existir el cine Victoria.

 

Una película italiana, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, narraba la historia de un niño que trabajaba en el cine de su pueblo.  Un tiempo después el párvulo regresaba como director de cine,  y lloró frente a los restos de lo que había sido su primer oficio.

 

Los sentimientos de aquel hombre los experimentos cada vez que paso frente al cine Victoria, sala pequeña que quedaba en la calle principal de Gerona, la capital municipal.

Frente aquel cine-teatro disfruté con mi papá de las semanas de cine japonés, italiano y cubano, de los humoristas nacionales que le daban un espacio a la Isla de la Juventud en su “apretada gira”,  y de las actuaciones de la carreta de los Pantoja. 

 

Confieso que más de una vez maldije aquellas interminables colas de cinéfilos, «ojalá desaparecieran para siempre», pensé en más de una ocasión. Hoy me arrepiento y las extraño. Las anhelo porque eran la traducción de que había vida en mi ínsula. Las añoro porque eran la prueba de que no yacía el cine Victoria.

 

Lamentablemente el período especial y la dejadez de algún o algunos burócratas ayudaron a que desapareciera ese espacio cultural, de recreación sana. Quizás nunca más pueda ser recuperado el cine Victoria, pero quiera el destino que no sigamos los pineros perdiendo espacios.  

 

 

 

 

 

 

mapa de la Isla de la Juventud

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Ríos

 

Mucho se ha escrito por pineros y no habitantes de esta ínsula sobre las migraciones japonesas, jamaicanas y caymaneras. Pero, muy poco se sabe sobre la  haitiana en estos lares.

Mi papá, hombre amante de los idiomas y de las culturas que han pasado y han sazonado nuestro ajiaco, conversaba con uno de los descendientes de hijos de la Española.

 Fix como le llaman sus coterráneos charlaba en creolle con mi padre, quien lo alfabetizaba en francés.

La curiosidad, bichito que habita en todo periodista, me hizo inquirirle a Fix ¿por qué no se conocía tanto sobre la presencia haitiana en la Isla de la Juventud?

Vale menos que el carbón

A principios de la República neocolonial la sacarocracia cubana empezaba a fortalecerse. Siglos de esclavitud, y los ecos de las “barbaries” cometidas por los libertadores de la Isla de la Española contra sus amos blancos, provocaron en Cuba el conocido miedo al negro, devenido racismo, que aún hoy tiene atisbos. Fue así como en la neocolonia, no ser blanco era un problema para quien no pudo ser bendecido con ese color de piel.

Haiti, a pesar de ser el primer territorio libre de las colonias del “nuevo mundo”, no pudo alcanzar el desarrollo esperado.

Desde las épocas de la gloriosa revolución haitiana, comienzan a llegar al oriente cubano descendientes haitianos en compañía de sus amos, otros arribaron tardíamente, huyéndole a la pobreza y tratando de encontrar la fortuna en estas tierras.

Sin embargo, cuando llegaban a la isla vecina, la realidad era casi más cruel que la suya propia. El racismo era parte de la vida común cubana. Abrirse paso y encontrar trabajo era bien difícil para las personas de “color”, máxime si se era haitiano.

Historias de hechicerías, asesinatos y trabajo con los muertos tejieron la repulsión hacia los procedentes de Haití. Es así que para los cubanos ser haitiano era sinónimo de basura e incluso su valor era comparado con el precio de un saco de carbón.

Miedo a la sociedad

Fix me cuenta que “incontable fueron las familias hermanas que temieron a la sociedad. A que se supiera de dónde provenían. Esta es una de las razones por las cuales la migración haitiana se conoce muy poco.

“En mi familia no fue así. Tuvimos la suerte de que nuestra madre hablara con nosotros creolle. Ella nos enseño a cocinar, a sazonar, a bailar e incluso a tocar ritmos haitianos”.

No todos tuvieron esta suerte, sobre todo por ser estigmatizados como practicantes budúes.

“Pienso que esto fue una de las razones por las cuales hay pocos descendientes que dominan el creolle y los secretos de nuestras comidas. Además, varios de los patronímicos de muchos de los descendientes de haitianos que viven en Cuba y en la Isla de la Juventud se perdieron. No pocos de mis familiares tuvieron que cambiar sus apellidos franceses por el castellano, para poder obtener trabajo y  no ser rechazados.
Hablé con Marta

La familia de Fix, fue una de las pocas que como el mismo menciona no tuvo miedo a la sociedad elitista y xenófoba cubana. Las profundas huellas dejadas por su abuela y su tío se traslucen al hablar el creolle, en sus conocimientos sobre las plantas medicinales y la cultura de ese país.

Fix recuerda aún su conversación con Martha Jean Cloude, amiga entrañable de Cuba.

“En una ocasión Martha se encontraba en nuestro país y tuve la oportunidad de conversar con ella. Una persona muy afable, culta, y sobre todo con deseos de ayudar a los descendientes de su tierra a formar una sociedad que nos aunara, para precisamente tratar de borrar ese silencio cultural al que estuvimos confinados durante décadas.

“A Martha le llamó la atención mi domino de su lengua materna. Me acuerdo que me preguntó: – « ¿Desde cuándo vives en Cuba?». Yo le respondí que desde que nací. Continuamos hablando sobre temas relacionados con la cultura de su tierra cuando volvió a inquirirme: -« ¿Cuándo fue que viniste de Haiti?»-

“Yo empecé a reírme porque ella pensaba que  la estaba engañando.

Cuando terminamos de charlar me comentó que su duda era porque yo dominaba palabras que  nativos de su nación desconocían o empleaban muy poco».

Para  Martha Jean Cloude pudo haber sido esto una sorpresa, pero para los coterráneos de Fix no lo es, porque los paisanos de Jean Cloude vinieron a estos predios hace casi dos siglos y son una de las migraciones más añejas conocidas en Cuba. Sin embargo, en la Isla de la Juventud, aún esta historia está por contar.

 

Anónimos tesoros

Por: Isaíris Sosa 
   Quiso mi abuela materna que fuera su primera nieta pinareña. Así, se dispuso mi
nacimiento en San Cristóbal, y aunque sobrellevo con gusto la popular fama de “bobos”,
digo, de nobles, que tenemos los pinareños, es en la Isla de la Juventud donde guardo,
cual tesoros, los recuerdos más valiosos de mi vida. Pero de otros tesoros, no los míos,
se tratan estas líneas.
Buena parte del imaginario popular pinero lo conforman las historias de piratas, sus
cofres y botijas escondidas. Todavía en estos tiempos hay quienes siguen las pistas de
las fortunas enterradas en la Isla por Henry Morgan y otros célebres de antaño. La Sierra
de la Cañada y el puerto de Júcaro -famoso también por su colonia de inmigrantes
japoneses- son sacudidos una y otra vez con la esperanza de encontrar al menos un doblón.

Sin embargo, otras riquezas de la Isla si bien ya han sido descubiertas, se han
convertido en una especie de tesoros anónimos. Quizás el precio de este peculio no sea en
oro, pero sus valores culturales y antropológicos han desentrañado parte de los secretos
que aún tenemos sobre nuestros ancestros indígenas. Les hablo de las cuevas de Punta del
Este,  de la capilla sixtina del arte rupestre en Cuba. Cientos de estampas y signos de
los que aún no existen significados exactos, han perdurado en esa zona por cientos de
años. Sus cavernas submarinas y cascadas interiores se convierten en el Edén para
cualquier visitante.

La Isla de la Juventud, pudiera ser llamada también de los misterios. Entre los más
exóticos se encuentra la historia de la actual Jungla de Jhones, antigua propiedad de uno
de los tantos norteamericanos que compraron porciones de la entonces Isla de pinos.

La leyenda narra que unos prófugos del Presidio Modelo asaltaron la finca de los Jhones,
donde supuestamente la viuda del patronímico de la casa poseía una gran fortuna. El
asesinato de la señora fue en vano. Ni un solo centavo fue encontrado en derredor. La ira
de los asaltantes se volvió piromanía, y en minutos el hogar de los Jhones fue una gran
nube de cenizas. Años más tarde, por caprichosos del destino, brotó de los cimientos de
la casa una Ceiba que curiosamente semeja la figura de una mujer. Algunos piensan que es
el espíritu de la señora Jhones.

En el lugar que habitaron esta pareja de norteamericanos se erige hoy un reservorio
botánico para los pineros, que además de las historias entretejidas sobre los fantasmas
de sus dueños, posee árboles endémicos de la Isla de la Juventud y un manantial cuya
agua, insólitamente, tiene el sabor de un jugo de piña.

Y si de aguas mágicas se habla, no pueden faltar los célebres manantiales de Santa Fe.
Tal llegó a ser su prestigio internacional, que figuras políticas, artistas y
aristócratas de todas partes del mundo concurrían en estas aguas termales para sanar o
recuperarse de alguna enfermedad. La demanda y asiduidad de los interesados, despertaron
la ambición de avezados empresarios que construyeron moteles para albergar a todos los
que en busca de milagros acudían a las santas aguas.

La Isla más Joven de Cuba guarda en sus entrañas antiquísimos tesoros, muchos de ellos
devenidos con el tiempo anónimos. A sus hijos, verdaderos albaceas de tan singular
peculio, corresponde arrancarlos de los ignotos parajes de la desmemoria. En lo que la
maravilla ocurre, seguirán siendo, como ahora, fortuna invaluable de aquellos que
cultivan sus vidas entre la soledad de las playas y el eterno vapor de los mármoles
pineros.

 

 

 

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